Regla de los monjes, escrita por san Benito. Traducción y comentarios por Dom Bruno Ávila, monje benedictino. El Papa san Gregorio Magno trata en uno de los últimos capítulos del Libro 2° de los Diálogos, dedicado enteramente a historiar la Vida de san Benito, de la Regla del santo Patriarca de los Monjes, como queriéndonos señalar la fuente más clara y el más límpido reflejo de la fisonomía espiritual del santo Abad de Montecasino. “No quiero que ignores que entre tantos milagros con que ilustró al mundo este Varón de Dios, brilló también magníficamente por su doctrina; pues escribió una Regla para Monjes, notable por su discreción y rica de doctrina. Si alguno quiere conocer más detenidamente sus costumbres y su vida, hallará en esta institución de la Regla todas las acciones del Maestro; porque este Varón santo jamás pudo enseñar otra cosa que lo que él vivió”. Tenemos, además, en estas palabras de san Gregorio, el primer testimonio escrito, sólido por su antigüedad y firme por su claridad, de que la Regla atribuida a san Benito, la famosa Regula Monachorum o Regula Monasteriorum, pues ambos títulos se encuentran en los códices más antiguos, la norma más autorizada de vida regular para los Monjes occidentales en la Edad Media, fue escrita realmente por él. En ellas podemos ver también la primera aprobación y el elogio más magnífico pronunciado desde la cátedra de san Pedro. Se cree que san Benito escribió esta Regla, o por lo menos la completó, en Montecasino. Nadie niega hoy su autenticidad. Adviértanse en ella, ciertas repeticiones y algunas terminaciones de capítulos que indican a las claras que el Santo la redactó y añadió los últimos retoques en distintas ocasiones. Las aprovechó sabiamente para reformar y agregar algunas observancias, fruto de su experiencia en la vida religiosa y en su trato con los hombres. En su deseo manifiesto de ser comprendido por todos, aun por los más sencillos, el Santo emplea en la redacción de la Regla la lengua rústica del siglo VI, algún tanto incorrecta y de giros poco clásicos, pero sobria, precisa, clara, vigorosa, concisa, imperativa; y en ella puso su mano firme, mesurada, paternal. No podemos afirmar que poseemos el autógrafo de la Regla de san Benito. Se sabe que los monjes de Montecasino lo llevaron a Roma, cuando los lombardos asaltaron el monasterio hacia el año 589. En Roma se encontraba, por lo menos en el siglo VIII. El Papa Zacarías lo devolvió, en 742, poco más o menos, a Monte casino, restaurado por el abad Petronax desde 717. Así lo afirma Pablo Warnefrido, cuando dice:”Regulam quam beatus pater Benedictus cum suis sanctis manibus conscripsit”. Por segunda vez tuvo que salir de la santa montaña el precioso manuscrito, hacia el año 883, cuando los sarracenos saquearon la abadía. Los monjes confiaron tan preciada reliquia al monasterio de Teano, en donde un lamentable incendio la redujo a cenizas en 896. La desaparición de este manuscrito venerando presenta a los críticos el problema acerca del texto de la Regla, y a todos la pregunta de si el texto que poseemos es realmente conforme al original. Esta cuestión no llegó a preocupar a casi ninguno de los escritores benedictinos hasta fines del siglo XIX. Sin duda alguna, ensayos como los de Juan Schlittpacher, monje de Melk, en el siglo XIV, abrieron el camino para estas investigaciones, pero no le dieron especial interés. Así llama la atención cómo ninguno de los monjes de la Congregación de San Mauro intentó fijar el texto auténtico de la Regla. El primero que comenzó a estudiar el problema fue un monje de la abadía belga de Cambron, Baudoin Moreaux (s. XVII). Siguieron después los benedictinos A. de Salazar, J. Ferraige, Menard, Haeften, en el siglo XVII y Martène a fines del mismo siglo. Pero los estudios científicos del siglo XIX han sido los que han llegado a resolver principalmente y de un modo feliz esta cuestión. El mérito recae particularmente en E. Schmidt y L.Traube.
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